Tantos excesos que multiplicaron sus depresiones y fobias, la sumieron en un estado patético de náuseas y miedos, su cara amoratada palidecía al más mínimo contacto con alguien, por lo que siempre se encontraba sola y desesperada en la esquina blanca de su cuarto de hadas. Sólo el consumo de múltiples pastillas le hacían reaccionar y sentirse humano conciente, de esta manera abandonaba sus cuatro paredes, seducida por la idea de visitar las esquinas de alquiler que proporcionan alegrías orgásmicas.
Nadie conocía su nombre, y a nadie la interesaba, estaba tan perdida, que los detalles irrelevantes perdían total consistencia. Ella se convirtió en uno de esos detalles, y fue disminuyendo su intelecto, hasta el punto de reducir su cuerpo a una hebra de vida aún más insignificante. No hicimos nada por detener el ciclo letal que la consumía, porque cuado nos percatamos que aquella materia tenía vida, ya se había echo invisible a nuestro ojos.
Nadie conocía su nombre, y a nadie la interesaba, estaba tan perdida, que los detalles irrelevantes perdían total consistencia. Ella se convirtió en uno de esos detalles, y fue disminuyendo su intelecto, hasta el punto de reducir su cuerpo a una hebra de vida aún más insignificante. No hicimos nada por detener el ciclo letal que la consumía, porque cuado nos percatamos que aquella materia tenía vida, ya se había echo invisible a nuestro ojos.

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