Cuando la paloma defecó (avecilla y la co$#&@%3) sobre mi hombro, me di cuenta que algo nuevo me sucedería, experimentaría sensaciones olfativas y táctiles de nivel superior, mi vida daría un giro trascendental, mi suerte había cambiado caprichosamente y nuevos vientos abrazarían mi puerto. Aquella avecilla grisácea jamás imaginaría que con sus deshechos naturales podría cambiarle la vida a alguien (una especie de Amelie voladora).
Caminé con cierto garbo por entre la gente de la estación central, sintiéndome superior, porque mis sentidos se habían agudizado y ya no pertenecía a la mayoría, tan común, de la población santiaguina. No pretendía limpiarme bajo ningún motivo el residuo que dirigía mi felicidad hasta su clímax. La gente expectante miraba con recelo el contoneo de mis pasos, y yo hubiese querido que esa cremosa sustancia olorosa de deslizara por mi frente en ves del mi brazo, así llevaría la marca de la plenitud con aún más prestancia y gallardía. Caminé varios metros sin rumbo determinado, pensando en el momento justo en que los cielos se abrirían y el milagro de mi vida se haría real y tangible, hasta que el tropiezo con una piedra me hizo reaccionar, abandonar mi momento de gloria y girar mi cabeza hasta fijar mi mirada en la figura deteriorada de un mendigo sucio y a mal traer que para mi sorpresa, llevaba junto a su pecho, el más grande de los amuletos de la suerte, una extraordinaria feca equina. Miré rápidamente al cielo buscando una explicación, si seguía caminando con mi regalo divino a cuestas, terminaría en el vertedero o bajo algún puente, ese sería mi milagro, el de la mediocridad.
Caminé con cierto garbo por entre la gente de la estación central, sintiéndome superior, porque mis sentidos se habían agudizado y ya no pertenecía a la mayoría, tan común, de la población santiaguina. No pretendía limpiarme bajo ningún motivo el residuo que dirigía mi felicidad hasta su clímax. La gente expectante miraba con recelo el contoneo de mis pasos, y yo hubiese querido que esa cremosa sustancia olorosa de deslizara por mi frente en ves del mi brazo, así llevaría la marca de la plenitud con aún más prestancia y gallardía. Caminé varios metros sin rumbo determinado, pensando en el momento justo en que los cielos se abrirían y el milagro de mi vida se haría real y tangible, hasta que el tropiezo con una piedra me hizo reaccionar, abandonar mi momento de gloria y girar mi cabeza hasta fijar mi mirada en la figura deteriorada de un mendigo sucio y a mal traer que para mi sorpresa, llevaba junto a su pecho, el más grande de los amuletos de la suerte, una extraordinaria feca equina. Miré rápidamente al cielo buscando una explicación, si seguía caminando con mi regalo divino a cuestas, terminaría en el vertedero o bajo algún puente, ese sería mi milagro, el de la mediocridad.

1 comentario:
hola, bueno tu blog
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